Relato corto: Los primitivos

La gran nave espacial orbitaba el planeta a unos 200 kilómetros de altitud. La gran esfera rocosa se encontraba salteada de todos azules, verdes, blancos y marrones. Xin estaba mirando el esférico mundo a través de la gran cúpula transparente del puesto de observación. Era una sensación muy curiosa. Por un lado, el planeta era similar a la tierra: los tonos, la actividad atmosférica, los datos que habían enviado los sensores… Era muy fácil distinguir continentes, océanos, ríos y montañas. Pero por otro lado, no había ninguna forma geográfica que le recordase a su mundo natal. La geóloga principal de la nave, y encargada de la exploración, dejó de examinar la superficie de ese mundo, todavía sin nombre excepto por la definición genérica dada por el sistema de telescopios de la Tierra, y se dedicó a analizar los informes de los satélites que habían sido puestos en órbita siguiendo el procedimiento habitual.

El planeta, designado por los astrónomos de la Tierra como TE-0018-3 contenía una atmósfera rica en oxígeno, demasiado rica para que los humanos pudiesen prosperar sin problemas, pero con una composición de gases bastante similar a la Tierra: bastante nitrógeno, un poco de dióxido de carbono y algunas trazas de gases nobles. El mundo que estaban orbitando tenía también distintos climas que iban desde el desértico al polar, contando con una gran variedad de zonas húmedas, templadas y secas. La actividad volcánica y tectónica era ligeramente elevada, comparada con la Tierra, indicando que aquel mundo era todavía joven, en términos geológicos.

Una puerta que se encontraba en el lado opuesto de la sala se deslizó y un hombre joven y que vestía un simple traje blanco liso de una pieza entró con paso acelerado portando una pequeña pantalla flexible en su mano. Llevaba la cabeza completamente rapada y unas finas gafas en las que unos pequeños focos le proyectaban información en los cristales de forma fácil de leer.

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Relato corto: La última frontera

El despacho de la doctora Wellington estaba sólo iluminado por una lámpara de mesa que proporcionaba una blanca luz sobre una pila de papeles que cada día parecía crecer. No quedaba nadie a las ocho de la tarde del lluvioso viernes en el departamento de Física Teórica de la Universidad de Oxford. La doctora se sobresaltó al escuchar unos golpes en su puerta

—Adelante —dijo mientras dejaba los cálculos que estaba revisando y miraba hacia la entrada de su despacho, justo enfrente de su mesa.
Dos hombres con trajes y corbatas negras entraron y se pusieron a ojear los libros que rebosaban las estanterías del despacho.

—¿Puedo ayudarles en algo? —preguntó la doctora Wellington mientras empezaba a ponerse nerviosa.

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Relato corto: El Contacto

Los focos en la habitación se encendieron y Jeremy Baley vio a un hombre que vestía un traje rosa brillante y tenía la cabeza completamente rapada flotaba a unos diez centímetros del suelo delante suya mientras saludaba al público que había empezado a aplaudir y que Jeremy no era capaz de ver debido a la intensa luz que le estaba dando en la cara. Debido a su pasado, Jeremy había estado innumerables veces en un plató de televisión, pero siempre notaba el mismo cosquilleo en las manos antes de empezar. Siempre esos nervios y esas ganas de contar la verdad, como si fuese la primera vez que se encontraba delante de una cámara.

La figura vestida de rosa seguía flotando delante suya hasta que los aplausos y gritos bajaron la intensidad y su silla se situó a la derecha de Jeremy.

—Buenas noches a todos —la voz del hombre de rosa era suave y clara, sin ningún tipo de balbuceo— aquí está vuestro presentador favorito Luquesto Marvellous.

Volvieron los aplausos mientras Luquesto seguía saludando al público que Jeremy no podía ver. Jeremy no era un gran seguidor del programa de Luquesto, y sólo había aceptado a esta entrevista porque sabía que era el show en directo más visto de todo el mundo, justo lo que necesitaba para lo que iba a anunciar esta noche.

—Hoy tenemos un programa muy especial —continuó Luquesto— en el que recordaremos y celebraremos el centenario de “El Contacto”, el momento más maravilloso de la especie humana. A mí izquierda, tengo al doctor Jeremy Baley, experto en comunicación y criptografía y el único superviviente del grupo de personas que participaron en “El Contacto”.

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